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Finding happiness in the Colca Canyon

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Hi everyone! I’m Claire Naughton, about five weeks into my four-month commitment to HOOP, and a recent graduate of Kenyon College. I hail from a quiet suburb about 45 minutes outside of Chicago and chose to hop on a plane to South America immediately post-grad rather than plunk down on my couch at home or, even worse, in a chair at a job I didn’t really want. Volunteering as an English teacher has given me a sense of purpose and direction, and I can feel myself growing every day as I realize that I can learn from the very lessons I’m giving my class of seven-year-olds: I can do this, it’s okay to mess up, I’ll get the hang of it eventually.

This past weekend was an incredible blur, and not only because it began with a 1 A.M. overnight bus from Arequipa that didn’t have a bathroom. (Seriously, nothing makes time slow to a torturously weird mirage of existence than needing to pee like a horse for several hours). Fortunately, the bus arrived in Cabanaconde a little earlier than expected so I didn’t get to actually experience what it would be like to have my bladder explode. The group of us, six in total, crammed into a small eatery off the main square and ordered coffee and tea while getting situated for the several hours of hiking that lay ahead of us that first day. As we did, a friendly dog made himself acquainted with us, sneaking under the table and poking his head up hopefully for scraps before finally settled against our legs like a large, furry heater.

Outside, the sky lightened rapidly, from early-early morning darkness to first dawn, then gradually fading into a muted glamosh of colors. We set off from Cabanaconde a little after six, passing the town’s early risers, the occasional mule team, and once, a large bull that came blundering out of a field with a human in tow, firmly holding onto the end of a rope that looped around the bull’s neck. Exiting the city, we stayed on a long stretch of rural road for about twenty minutes, herded by a couple of town dogs that had followed us out. The actual turnoff to the beginning of the trailhead was fairly unassuming, just a walk across a stretch of barren land with beautiful hills surrounding us, but then we reached the entry point to the canyon and it was like perspective was inverted.

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Something that you know, but don’t really realize, going into a canyon-hike is that it’s going to start downhill. Not only that, but downhill is not synonymous with easy. While there were some stretches of lovely, mostly flat terrain, there was also a lot of scrambling and scrabbling down loose dirt and rock patches. The surrounding scenery was incredible, kind of like being in a landscape snow globe before the scene is sealed in with glass.

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There were two main stopping points before we hit our final destination for the day, the Sangalle Oasis. We ended up improvising a few others because, well, hiking was hard! Not only did we have to descend into the canyon, we also had to hike up the other side and wind around and back down to the Oasis, which sat at the bottom of a different section of the canyon but on the same side we’d originally entered on. We were all quite exhausted at this point, body clocks entirely off because of the overnight bus the evening before and then commencing the hike so early, so that even with naps under our belts we were all in bed around nine, with a 5:30 A.M. wakeup on the agenda for the next day.

The next morning we set off a bit later than we’d originally intended, Rocky still sticking it out with us and with a new black dog who decided he wanted in on the morning’s hike.

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The beds had been surprisingly warm overnight, which I hadn’t been expecting given that there was no electricity or hot water on the property, but was nevertheless a most pleasant surprise. It never fails to astound me how little a person really needs to be happy, and how that little is directly related to an essential thing they might not have. Like a warm bed to sleep in overnight. I think that’s one of the reasons I love hiking, besides the physical challenge it presents: it strips a person down mentally and unburdens one from unnecessary things—and, if you hike long enough, thoughts. Anxieties and problems seem to fade away in the face of natural, imposing beauty, and Colca Canyon was one of the most demanding when it came to recognizing that need to let go. The second day’s hike was much shorter, only a couple hours compared to the seven or so from the day before, but it was a constant uphill that burned legs and lungs.

Personally, this trek was one of my favorite things I’ve ever done, and I can’t recommend it highly enough.

All words and photos by Claire Naughton, visit https://allroadsleadtowrite.com/ to read the full blog and get some helpful tips about the trek!

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Hola a todos! Soy Claire Naughton, estoy en mi quinta semana de voluntariado en HOOP y recientemente me gradué en el Kenyon College. Soy de un suburbio que se encuentra a unos 45 minutos de Chicago y decidí subirme a un avión para ir a América del Sur inmediatamente después de graduarme en lugar de tirarme en mi sofá, o lo que es peor, sentarme en una silla para hacer un trabajo que no quiero. Ser voluntaria como profesora de inglés me dio un sentido de propósito y dirección y puedo sentirme crecer cada día al darme cuenta que puedo aprender de las mismas lecciones que estoy dando a niños de siete años: puedo hacer esto, está bien equivocarse, ya le tomaré la mano a las cosas eventualmente.

El fin de semana pasó rápido y no sólo porque comenzó con un viaje en un bus sin baño a la 1 de la mañana desde Arequipa. (En serio, nada se hace más lento y tortuoso que cuando necesitas ir al baño a orinar como un caballo). Afortunadamente el bus llegó antes de lo previsto por lo que no tuve que experimentar la explosión de mi vejiga. Los seis que formamos el grupo de viaje nos metimos en un café en la calle principal y pedimos café y té mientras nos preparábamos para las horas de caminata que nos esperaba ese mismo día. Mientras desayunábamos, un perro se nos acercó y desde debajo de la mesa empujaba con su trompa tratando de ganarse restos del desayuno hasta que finalmente se instaló contra nuestras piernas como un radiador peludo.

Afuera el cielo se aclaraba rápidamente desde la oscuridad de la madrugada hasta el amanecer para luego gradualmente desaparecer en una paleta de colores. Salimos de Cabanaconde pasadas las seis, adelantándonos a los madrugadores, a las mulas y a un toro que venía tambaleándose desde el campo con un hombre a la rastra que lo sostenía firmemente con una soga atada al cuello. Una vez que salimos de la ciudad frenamos en un camino rural por unos 20 minutos, rodeados por los perros de la ciudad que nos siguieron. El desencanto con el comienzo de la caminata fue modesto ya que comenzamos a caminar a través de un tramo de tierra estéril con sierras muy lindas alrededor, pero cuando llegamos al punto de entrada al cañón es que cambió la perspectiva.

Algo que tal vez sepas, pero no te das cuenta es que cuando ingresas a un cañón crees que será en bajada. Y que esa bajada significa que será fácil. Si bien hubo partes del camino que fueron fáciles la mayor parte del terreno significó trepar y arañar pedazos de roca y tierra suelta. El escenario que nos rodeaba fue increíble, como si estuviéramos en un paisaje dentro de un globo de nieve antes que sellaran la escena con vidrio.

Hubo dos paradas antes de llegar a nuestro destino final del día que era el oasis Sangalle. Pero terminamos improvisando otras paradas porque la caminata fue dura! Por la complejidad del terreno no sólo tuvimos que descender hacia el cañón, sino que también tuvimos que subir hacia el otro lado del oasis y regresar hacia el fondo que es donde está el oasis. Ya estábamos muy cansados para este punto por el viaje en bus de la noche anterior y por haber empezado con el trekking tan temprano por lo que nos fuimos a la cama a las nueve porque al otro día teníamos que despertarnos a las 5:30 para comenzar con la agenda del día.

Las camas estuvieron inesperadamente cálidas durante la noche, algo que yo no esperaba dado que no hay electricidad ni agua caliente en la propiedad por lo que esa fue una sorpresa placentera. Siempre me sorprende con qué poco una persona puede ser feliz y como eso está relacionado a algo esencial que ellos no tienen. Como una cama tibia en la noche. Creo que esa es una de las razones por las que amo hacer trekking ya que además del desafío físico que representa te aliviana mentalmente de las ansiedades y de las cargas que traen las cosas innecesarias. Las ansiedades y problemas parecen desaparecer frente a la naturaleza que se impone y el Cañón del Colca hizo evidente esa necesidad de dejar ir esos problemas. El segundo día de caminata fue mucho más corto y consistió de sólo un par de horas de trekking comparado con las siete horas del día anterior pero fue en subida y eso agotó las piernas y nuestros pulmones.

Personalmente, esta caminata fue una de las cosas favoritas que hice y no puedo parar de recomendarla.

Texto y fotos por Claire Naughton. Visita https://allroadsleadtowrite.com/ para leer el blog completo y conseguir consejos útiles sobre la caminata.

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