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A Different Pace of Life in Peru

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Being Italian, I thought that my way of living would be the slowest you could ever encounter. In the past years I studied and worked in countries where I got used to people having a quick lunch in front of their laptop, or ordering take-away coffee and drinking it on the street.

However, thanks to this volunteer experience in Peru, I reminded myself what it means to enjoy and appreciate the little pleasures of life.

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During my first days here in Arequipa I immediately noticed how people walk on the street without looking like they have somewhere to be. People take the time to say hello to their friend who owns a restaurant when they pass by. The security man at the gate always greets me with a big wave and asks me how my weekend was, or if my cold is getting better. In the office, we take an extra 10 minutes on the rooftop to digest lunch with a funny joke.

Once, I went to top-up my phone and the shop assistant waited until she finished her phone conversation with her sister before helping me. I know she had a really nice dinner with her boyfriend the previous night. I felt frustrated for a moment, but then I realized that the world was not going to end if I lost a few more minutes in the shop.

Click here to read the full blog post on Verge Magazine! All words and photos by Roberta Fregolent.

 

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Siendo italiana pensé que mi modo de vida podía ser el más lento que se pueda encontrar. Hace unos años estudié y trabajé en países donde me acostumbré a que la gente coma un almuerzo rápido frente a la computadora, o a que pida un café para tomar en la calle.

De todos modos, gracias a esta experiencia de voluntariado en Perú, recordé lo que significa disfrutar y apreciar los pequeños placeres de la vida.

Durante mis primeros días en Arequipa reconocí inmediatamente que la gente camina en la calles sin parecer que tienen que estar en otro lado. Se toman su tiempo para saludar, por ejemplo, a sus amigos que tienen un restaurant. El hombre que se encarga de la seguridad en la puerta siempre me saluda con un gran gesto y me pregunta cómo estuvo mi fin de semana, o si mi resfrío está mejorando. En la oficina, nos tomamos 10 minutos extra en la terraza del edificio para digerir nuestro almuerzo con alguna broma divertida.

Una vez, cuando fui a cargar saldo en mi teléfono la asistente del negocio esperó a terminar su llamada con su hermana antes de atenderme. Ahora sé que tuvo una cena muy linda con su novio la noche previa. Me siento frustrada por un momento, pero luego me doy cuenta que el mundo no va a morir si pierdo un par de minutos en el lugar.

Haz click aquí para leer el artículo entero de nuestra voluntaria Roberta Fregolent en la revista Verge.

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